domingo, 30 de marzo de 2014

¡Qué bello es morir!

A CONTRACORRIENTE

¡Qué bello es morir!


España entera se redime con una carrera de elogios por la muerte de Adolfo Suárez después de haberlo matado en vida con el arma de la ambición que el propio Suarez enfundó en su cinto y correaje cuando vestía de riguroso uniforme falangista.

Suárez no fue, ni mucho menos, todo lo que hoy se dice de el. Suárez fue un hombre que representó en los 60 lo peor del franquismo, militando en las filas de los arribistas de un neofalangismo de salón que habitaba los últimos despachos de un régimen  que ya había optado por la tecnocrácia y el Opus a los que el propio Suarez detestaba.

Adolfo Suarez, siempre a la sombra de su mentor, el falangista Fernando Herrero Tejedor, se arrastró por donde hizo falta con tal de dar satisfacción a su ambición desmedida que se vio premiada pronto con multitud de cargos de un franquismo ya languideciente.

Siempre de riguroso uniforme de Falange, ese hombre que mimetizaba al propio Joseantonio  Primo de Rivera en sus discursos con la grandilocuencia y pomposidad poética propios de la república y de la posguerra, Suárez fue el hombre elegido por el Rey para dar un auténtico golpe de estado y traicionar unos principios generales que ambos habían jurado defender y cumplir.

Suárez engañó a todos, absolutamente a todos, y sólo así consiguió que las Cortes franquistas abrieran el hueco por donde se colaría una nueva legalidad que vendría a desmontar la totalidad del régimen nació el 18 de julio de 1.936.

El gran instrumento de Suárez fue, pues, la mentira.  Cuando los analistas le reconocen a Suarez la astucia y habilidad para navegar entre dos regímenes, no hacen más que constatar el gran engaño al que sometió a todos con tal de conseguir sus objetivos. ¿Es, pues, loable el que Suárez trajera la democracia a base de engañar y mentir a todos sus compañeros de régimen? ¿Justifican el fin los medios por perjuros y falsos? Lo sencillo y, tal vez práctico, es contestar que sí, pero nuestra democracia no puede obtener su legitimidad en un gran engaño colectivo.  Y eso es lo que ocurrió. Sencillamente no ha existido ni existió un poder constituyente legítimo que le de a la democracia  la solidez  y sustrato necesario como para tenerla como cimentada en la voluntad soberana.

Suárez volvió a mentir a todos cuando prometió no legalizar el Partido Comunista de España y sólo el, en ausencia de su Consejo de Ministros, dio carta de naturaleza ante el escándalo colectivo de unas fuerzas  armadas ante las que se había comprometido a lo contrario. Una cosa es si Suarez se adelantó o no a su tiempo e hiciera algo que había que hacer. Otra cosa es cómo lo hizo: mintiendo.

El problema de mentir a diestro y siniestro, como hizo Suárez, no sólo resta legitimidad y solidez a los actos de uno, sino que provoca la desconfianza de los demás. Por ello la vida política de Suárez  tuvo que ser y fue efímera, porque sus objetivos y resultados estaban todos construídos sobre el engaño. Así las cosas, Suárez fue víctima de sí mismo y murió odiado por todos los estamentos y por toda la clase política a los que mintió.

Pero ahora ha muerto físicamente y eso, en este país, no tiene nada que ver con que te echen. Morir, al final, es políticamente bello, más bello que vivir, porque en España, tan dada a la elegía, uno tiene en sus exequias los parabienes y el reconocimiento de todos los que te apuñalaron en vida.  Y es que aquí somos así.

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